jueves, 8 de enero de 2015

Indiana ha dicho:



 
Ayer terminé de leer este libro. Lo leí despacio, como el que saborea un buen vino.
Su trama me hizo sobrevolar a baja altura un pais en plena dictadura y otro recien salido de ella. Tomé un mate en una bodeguita de Barracas mientras sonaba de fondo un tango, y poco después una cerveza mirando las viejas chimeneas de los hornos de Puerto de Sagunto. Sentí como viejos conocidos a un tropel de gatos que poblaban una vieja iglesia, y vibré con un amor vivido en la distancia.
     Algunas veces basta con hacer callar a la boca para que hable el corazón.
     Qué decir: gracias por ser mi compañero de viaje, por recordarme que las personas no son solo un nombre, tambien son una historia, una... Vida.
     El texto muy profesional.
 
(Conclusiones de Indiana Indiana al finalizar la lectura de Los gatos de Santa Felicitas.)
 
 
Fotografía: Débora Trachter

viernes, 5 de septiembre de 2014

Comentario acerca de la novela.


A medio camino entre la novela histórica y la fantástica, Los gatos de Santa Felicitas nos transporta a la convulsa Argentina de finales de los '70. Allí se desplegará una trama sobrenatural en la que los fantasmas del pasado de la mítica iglesia de Santa Felicitas atraerán al protagonista principal, un joven enamorado y atrapado en los años más difíciles de la dictadura militar.

   Se trata de una historia conmovedora y sorprendente, en la que el ritmo no decae en ningún momento y cuyo tratamiento la acerca por momentos al Realismo Mágico. Especialmente indicada para interesados en la historia argentina y en una época tan particular como el tránsito entre las décadas de los '70 y los '80 a ambos lados del Atlántico...
 
 
Ismahell19.
 
 

domingo, 29 de diciembre de 2013

Cap. XIII Sobre la entrada del nuevo año


[…]Más adelante me detallaba cómo habían tomado las doce uvas en la playa. Salió a festejar con su gente después de haber cenado en casa con sus papás y unos tíos.

«Hacía un frío terrible allá en la orilla del mar, pero iba bien equipada de ropa ―decía―; llevaba un gorro de lana cubriéndome las orejas y casi los ojos; allí a donde el gorro no llegaba, la bufanda lo sustituía, y solamente me quité los guantes cuando uno de los amigos, al llegar las doce de la noche y entrar el nuevo año, sacó del maletero de su coche una pequeña paellera en la que, con el mango de una herramienta golpeó doce veces, emulando las doce campanadas que simultáneamente a las nuestras, se estaban escuchando en las televisiones de todos los hogares. Hicimos un fuego, y alrededor de él dejamos correr el tiempo cantando y contando historias siniestras. Al amanecer, alguien apareció con varios termos de chocolate calentito y churros.
 
Fue una linda noche en la que deseé tu presencia a mi lado, acá en la arena de mi playa, junto al primer fuego; planificando el año que comienza y la década para la que ansío tantas cosas positivas... No quiero que te sientas triste por mi ausencia. Volveré cuando menos lo esperes, pero, mientras tanto, esperaré a que tú mismo emprendas el viaje que me permita mostrarte esta tierra porteña. En ella hay muchas cosas bellas además de su costa. En la parte sur de donde se ubica la gran fábrica, se encuentran todavía los restos de los antiguos pobladores Íberos. Cuando me acerco hasta allá, tomo asiento en la arena negra de lo que llamamos el Grau Vell, y me imagino una gran flota de barcos arribando al viejo puerto, con sus cargas de especias y sedas. Es entonces cuando las tres cuartas partes de mi sangre española se crecen, y en su crecida, me transportan a las piedras de los viejos templos, ubicados allá arriba, en la loma» […]

 Cap. XIII (Pág. 126)

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Los gatos de Santa Felicitas colabora con El Ballet de las Palabras.

 
El Ballet de las Palabras convoca nuevo certamen literario de microrrelatos. En esta ocasión, el ganador del certamen obtendrá, además de la publicación de su trabajo en la revista digital del mismo nombre, un ejemplar de Los gatos de Santa Felicitas.
Más información en el enlace que se adjunta.
 
 

sábado, 27 de julio de 2013

miércoles, 10 de julio de 2013

Del Cap. XI.

 
 
 
 
 

[…]Estela leía la prensa en voz alta mientras colocaba los bollos en la bandeja que portaba las jarras de zumo y de leche. Mientras ella nos informaba, yo me desperezaba escuchándola y, al oír sus últimas palabras en referencia a la limpieza en la iglesia y al exterminio de los gatos, no puede disimular un profundo malestar.

Calisto adoraba a los gatos, y para mí significaban un elemento más de santa Felicitas. Formaban parte de la iglesia al igual que las esculturas del matrimonio Álzaga o los mosaicos del suelo.
Aquellos animales eran especiales como lo era el resto del recinto. Pero, ¿cómo podía salir en defensa de una familia de gatos cuando, por una vez, el departamento de Sanidad se había empleado en sus menesteres? Sin embargo, me sentí muy molesto, ya que, de no haber sido por la asistencia al Oficio del domingo de unas pocas personalidades influyentes, ningún equipo de limpieza se hubiera ofrecido a limpiar ni un solo palmo de aquel lugar. Cuando mi amigo descubriera que habían sacrificado a sus gatos para que no estorbaran a los pocos feligreses, que posiblemente nunca más volvieran por la iglesia, se pondría muy furioso.
—¿Qué otra cosa podían hacer? —me resignaba Rosita—. Se trataba de un gran número de animales. Si hubieran sido unos pocos quizá los hubiesen llevado a alguna asociación o regalado por ahí, qué sé yo… pero eran muchos y, además, muy feos; tú lo sabes.

Yo lo sabía; mi novia estaba en lo cierto: Eran muchos, eran feos y eran incómodos a la vista de las gentes que, de vez en cuando, se aventuraban a visitar santa Felicitas. Pero, aun así, me enojó que los barrieses del lugar. […]

 

 

“Del Cap. XI.” (Pág.113)
Vídeo: Alberto Catalogna y D. Tráchter