Reseña de "Los gatos de Santa Felicitas" en El ballet de las palabras, interesante blog cultural que dirige extraordinariamente Patricia Pérez. Recomiendo una vuelta por todas sus entradas.
sábado, 27 de julio de 2013
miércoles, 10 de julio de 2013
Del Cap. XI.
[…]Estela leía la prensa en voz alta mientras
colocaba los bollos en la bandeja que portaba las jarras de zumo y de leche. Mientras
ella nos informaba, yo me desperezaba escuchándola y, al oír sus últimas
palabras en referencia a la limpieza en la iglesia y al exterminio de los
gatos, no puede disimular un profundo malestar.
Calisto adoraba a los gatos, y para mí
significaban un elemento más de santa Felicitas. Formaban parte de la iglesia
al igual que las esculturas del matrimonio Álzaga o los mosaicos del suelo.
Aquellos animales eran especiales como lo era
el resto del recinto. Pero, ¿cómo podía salir en defensa de una familia de
gatos cuando, por una vez, el departamento de Sanidad se había empleado en sus
menesteres? Sin embargo, me sentí muy molesto, ya que, de no haber sido por la
asistencia al Oficio del domingo de unas pocas personalidades influyentes,
ningún equipo de limpieza se hubiera ofrecido a limpiar ni un solo palmo de
aquel lugar. Cuando mi amigo descubriera que habían sacrificado a sus gatos
para que no estorbaran a los pocos feligreses, que posiblemente nunca más
volvieran por la iglesia, se pondría muy furioso.
—¿Qué otra cosa podían hacer? —me resignaba
Rosita—. Se trataba de un gran número de animales. Si hubieran sido unos pocos
quizá los hubiesen llevado a alguna asociación o regalado por ahí, qué sé yo…
pero eran muchos y, además, muy feos; tú lo sabes.
Yo lo sabía; mi novia estaba en lo cierto: Eran muchos, eran feos y eran incómodos a la vista de las gentes que, de vez en cuando, se aventuraban a visitar santa Felicitas. Pero, aun así, me enojó que los barrieses del lugar. […]
“Del Cap. XI.” (Pág.113)
Vídeo: Alberto Catalogna y D.
Tráchtermartes, 18 de junio de 2013
Fragmento. Cap. XIX
![]() |
| En la actualidad: Castillo Romano con el Puerto de Sagunto al fondo. |
[…] El ascenso hasta las murallas valió la pena. Desde allí,
el mar se mostraba en toda su extensión y la población de El Puerto aparecía
dando cobijo a la playa, como muestra de dos culturas diferentes compartiendo
la misma tierra. A mi espalda las antiguas piedras y los campos que las
rodeaban contrastaban con aquellas tres grandes moles que expelían el humo por
sus bocas, y con las grúas que, empequeñecidas por la distancia, se divisaban
junto al muelle, al lado de dos grandes mercantes que en aquel momento se
encontraban anclados en espera de su carga.
—Aquel que se ve más pequeño, es el montacargas. Mi papá te
llevará al interior de la fábrica y te enseñará los talleres y el lugar donde
se transforma la materia que dio vida a mi Puerto.
Así, desde lo alto de la fortaleza romana, observando aquel
mar azul y las formas grises elevándose hasta el cielo, mientras contemplaba
las murallas y los verdes campos que alfombraban el terreno hasta donde la
vista me alcanzaba y el aire se impregnaba de los susurros de antiguos amantes
romanos, íberos, griegos, judíos y árabes, volví a sentir la rivalidad entre
aquella tierra que ahora me hospedaba y mi tierra argentina al otro lado del
mar. Y entonces, de nuevo, el temor a estar alejado de Rosita se apoderó de
mí.[…]
domingo, 12 de mayo de 2013
Intervención de la presidenta de Amaranto Cultural, asociación organizadora del acto.
Muy buenas
tardes a todos y muchas gracias por vuestra asistencia a la presentación del
libro Los gatos de Santa Felicitas,
de Dolores Estal Hernández.
Soy Carmen
Martínez, presidenta de Amaranto Cultural y quiero presentaros a las personas
que amablemente han querido compartir esta mesa con la autora.
Ellos son:
—Maribel
Sáez, Concejal de Cultura del Ayuntamiento de Sagunto.
—Carlos
Alberto Cabrera, Profesor de historia y Lengua.
Agradecemos su
presencia.
A partir de
este segundo año en Amaranto, como todos estamos ya más asentados, las
presentaciones de libros organizadas por nuestra entidad, corre a cargo de mi
compañera Lola Estal, que es nuestra coordinadora del área de literatura; pero
en esta ocasión y dado que ella misma es la autora del libro que hoy se
presenta, me ha pedido que sea yo la que desempeñe esa función. Lógicamente
estoy encantada de hacerlo y no sólo porque ella es mi compañera, sino porque
la aprecio de verdad y le tengo cariño, porque ella es muy válida y porque el
libro que ha escrito es una pasada.
Cuando
tengáis ocasión de leerlo, me daréis la razón.
Quiero que
me disculpéis, pero nací sin la vena que forja a los grandes oradores. Para hablar
delante de vosotros he tenido que echar mano, como otras veces, a estos folios;
lo mío es más la escritura. Este discurso lo escribí con mucho cariño hacia mi
compañera Lola, en la soledad de mi estudio, pero en medio de muchos papeles,
para ser leído en medio de muchas personas y en una tarde como hoy.
Una vez leí
o le oí decir a alguien que leer es colocar una prótesis en el corazón. Todos
hemos tenido la sensación de que algo nos falta, de que estamos incompletos
aunque no podamos definir con claridad cuál es precisamente esa pieza que en
algún momento perdimos o que, seguramente, jamás hemos tenido. Tal vez nos
falta algo de aventura, tal vez un poco de amor, tal vez simplemente queremos
algo que le dé sentido a nuestra vida. Leemos para eso, para suplir esa
carencia. Leemos porque nos sabemos incompletos y para completarnos tenemos que
echar mano de medios artificiales. Nos ponemos entonces, una prótesis de
literatura. Las palabras son el hilo con el que solemos remendar nuestro roto
corazón.
Es
precisamente este hilo, el de la literatura el que construye palabras, el que
se ha unido a este libro hecho de partes traídas de dos lugares del mundo:
Argentina y España. La literatura y las palabras han conseguido que surgiera
esta historia novelada que hoy os presentamos, con el título de Los gatos de Santa Felicitas.
Escribir es
unir fragmentos y dar forma a un relato. El escritor toma cosas de aquí y de
allá, une los sentimientos con las anécdotas y con su saber hacer. Nuestra
autora ha demostrado que sabe hacerlo muy bien. Este es el primer libro que
publica, pero no lo primero que escribe. Ella ha escrito antes algunos cuentos
distribuidos en pequeños libros, así como bastantes poemas —preciosos poemas
que a mí particularmente me encantan—. Y no hay que olvidar que, como redactora
de la revista Amaranto, nos regala cada trimestre artículos de una innegable
calidad literaria.
La primera
vez que tuve ocasión de presentar un libro, me dije que no tenía muy claro para
qué era necesaria la presentación de un libro; porque opinaba, y aún sigo
opinando, que un libro, que un buen libro como es el que hoy nos reúne, se
presenta por sí mismo.
Esta
historia de Los gatos de Santa Felicitas
es de esos libros que se presentan y se justifican solos, y eso se aprecia de
inmediato nada más ojearlo, y que se corrobora de forma rotunda tras su
lectura.
Así pues, y
como estoy segura de que los méritos de este libro están por encima de mi
modesta participación —y pidiendo disculpas a nuestros invitados—, esta
presentación podría acabar ahora mismo recomendándoos que no perdáis un solo
instante más escuchando mis palabras y acudáis cuanto antes a haceros con el
libro.
Sin embargo,
os confieso que con el tiempo he ido modificando mi criterio anterior sobre lo
innecesario de una presentación, porque he aprendido a darle a un acto como
éste una mayor dimensión y significado. La presentación de un libro, según lo
entiendo ahora, es, o debe ser, más que un acto social, un acontecimiento
cultural y, por tanto, una ocasión memorable y gozosa, sobre todo en los
tiempos que corren.
Nosotros, en Amaranto Cultural ya estamos
haciendo lo que podemos en pro de la cultura.
Esta
presentación del libro de nuestra compañera Dolores Estal, es una muestra de
ello.
Una parte de
la historia vivida en la dictadura de los años setenta en Argentina, está
condensada en este libro.
Tratar de
daros unas pinceladas de su contenido resulta difícil porque es tan densa la
historia, y tal la evidencia de un trabajo tenaz, bien documentado y
concienzudo, que se me hace casi imposible destacar tal o cual capítulo. De
todas formas, aunque sé que la autora nos hablará ampliamente de su obra, y
quizá también nuestro invitado Carlos, que es argentino y nadie mejor que él
para comentar este libro, quiero decir que Lola Estal en esta novela, ha sabido
demostrar una vez más, que el maridaje entre la literatura y el arte funciona;
al igual que el misterio, el romance y los finales imprevisibles; Y tal como
dice nuestra común amiga Débora cuando nos habla en una página, de la Iglesia
de santa Felicitas; el libro está impregnado de historia, amores, desamores y
muerte. Todo ello forma parte de esta obra que nos hace recordar temas que
nunca deberían quedar en el olvido.
Cuando leáis
este libro quedaréis encantados por la sencilla riqueza narrativa y descriptiva
desplegada en él. Yo lo leí hace poco tiempo y me gustó muchísimo, me enganchó
de tal forma su lectura, que no podía dejarlo, y lo leí de un tirón. Os
aconsejo que lo compréis, porque os va a encantar.
Y es que nuestra
autora es una trabajadora nata, que se implica mucho en todo lo que decide
hacer. Sé que le ha costado muchas horas, esfuerzo y un trabajo de
documentación importante escribir esta novela, pero todo ello ha valido la
pena. Y es que yo pienso que sentándose a escribir cada día es como uno
consigue ser escritor. Quienes no lo hagan así, en mi opinión, siempre quedarán
en aficionados.
En la
redacción de Amaranto estamos encantados de contar con Lola. Es voluntariosa,
animosa, eficiente, cumplidora y, lo más importante, muy buena persona y muy
buena compañera.
Me habría
encantado haber podido incluir en alguna página de este libro mi opinión sobre
la autora y su obra, para que todo el que lo leyera tuviese este conocimiento a
modo de información, pero al menos, estoy contenta de haber podido expresarlo
aquí hoy.
Solo me
resta decir que espero poder presentar muchos más trabajos de ella, que este
libro sea sólo el principio de otros tan magníficos como Los gatos de Santa Felicitas.
En nombre de
todos tus compañeros de Amaranto Cultural y en el mío propio, enhorabuena y
gracias por esta obra literaria que has regalado a la cultura.
A
continuación paso la palabra al profesor Carlos Alberto Cabrera.
jueves, 9 de mayo de 2013
Del Cap. V (fragmento)
[…] Juan llegó a divisar a Margarita frente al parque Lezama; al levantar el brazo para que ella se percatara de que ya llegaba a la cita, alguien por detrás se lo agarró impidiendo que el gesto la alertara de su presencia. Dos patotas lo maniataron, lo introdujeron en un coche y le cubrieron la cabeza con un trapo negro.
Desde aquella tarde en que fue secuestrado, pasó por diferentes lugares y métodos. En primer lugar lo llevaron a la quinta, propiedad del Servicio Penitenciario. Allí conoció Juan el dolor. Primero fueron los golpes; después, la picana en la parrilla; las quemaduras… Al finalizar las sesiones de tortura, era llevado a un cubículo o cucha. En la cucha llegaba la humillación. Continuaba con los ojos vendados y maniatado, pero lo más humillante era sentir en su carne la cálida humedad de sus propios orines […]
(Fragmento, pág. 65)
Desde aquella tarde en que fue secuestrado, pasó por diferentes lugares y métodos. En primer lugar lo llevaron a la quinta, propiedad del Servicio Penitenciario. Allí conoció Juan el dolor. Primero fueron los golpes; después, la picana en la parrilla; las quemaduras… Al finalizar las sesiones de tortura, era llevado a un cubículo o cucha. En la cucha llegaba la humillación. Continuaba con los ojos vendados y maniatado, pero lo más humillante era sentir en su carne la cálida humedad de sus propios orines […]
(Fragmento, pág. 65)
Ilustración: Débora Tráchter.
domingo, 14 de abril de 2013
Fragmento. Cap. XV
[…]
Una de las veces vi a una mujer que estaba siendo violada. No la había visto
nunca, pero sí a la persona que se abalanzaba sobre ella obligándola a separar
las piernas. La mujer, al final cedió de forma extrañamente voluntaria. Abrió
las piernas y levantó el rostro hasta que sus ojos se encontraron directamente
con los de su torturador. Lo estuvo mirando fijamente sin pestañear y sin
oponer resistencia durante el tiempo que duró aquella humillación. No movió ni
un músculo, pero su mirada gris se clavó en los ojos del hombre que recibió
aquella descarga de orgullo como si la víctima lo hubiese estado abofeteando
mientras la penetraba salvajemente.
Cuando hubo acabado su alarde de
superioridad sobre la mujer maniatada, le pegó brutalmente con los puños
cerrados en ambos ojos. Solo entonces, a ella se le oyó un gemido que, a
continuación, y con apenas un hilo de voz, volvió a mostrar su arrojo. «Nunca
podrás montar a tu mujer sin que veas mis ojos mirarte desde el infierno»
sentenció[…]
Imagen: Blas Estal.
domingo, 7 de abril de 2013
Fragmento
| Detalle de la fachada de la iglesia |
«¡Qué será
de mí, cuando en la noche fría
llore mi
ausencia mi cama vacía!
Qué será
de mis hermanos,
qué será
de mis viejitos,cuando de puerta en puerta llamen
dejando heridas las aldabas,
dejando el llanto
a su paso por las cuadras.
¡Qué será
de mí cuando ya no exista!
¿Será
ceniza o polvo mi plegariamecida en el regazo de una ola?
¿Será
acaso flor de naranjo en el campo
rivalizando
en aromas con espliegos y romeros?
Seré tal
vez:
un
verso libre recitado al vientoen una fría tarde de invierno.
¡Qué será de mí, cuando en la noche fría
llore mi ausencia mi cama vacía!»
Fragmento en memoria de los desaparecidos
Fotografía: Débora Tráchter
Una de las imágenes de la fachada de la iglesia de Santa Felicitas
(Barrio Barracas de Buenos Aires)
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